Cumbre Trump – Kim Jong-un: encuentro de halagos mutuos y vagos acuerdos

 Foto: The White House

Foto: The White House

Francisco Machalskys- Quién iba a decirlo: hace apenas un año, el presidente Donald Trump no se medía en fuertes adjetivos para calificar al líder norcoreano Kim Jong-un de ser “el dictador más cruel de todos tiempos” y de encabezar el llamado “eje del mal” que llevaría el mundo a una hecatombe nuclear. Pero tras un apretón de manos y los saludos correspondientes, el hombre fuerte de Pionyang pasó a ser, en opinión de nuestro jefe de Estado: “Un hombre con mucho talento, divertido y muy inteligente, que quiere mucho a su país”.

El escenario de este sorprendente viraje fue Singapur, república insular de Asia que brindó escenario a la primera cumbre entre ambos mandatarios, con el escalofriante programa atómico norcoreano como agenda y setenta años de confrontación —de los cuales, veinticinco corresponden a negociaciones fallidas— que aún mantiene separada Corea en dos naciones ideológicamente rivales.

Como se sabe, esta cumbre es el resultado cónsono del encuentro programado entre los líderes de Corea del Norte y Corea del Sur de finales del pasado mes de abril, encuentro que el mundo dudaba de que finalmente se produjera. Emblemático por demás, esa reunión se realizó en la línea divisoria de ambas naciones, y Kim Jong-un llegó al punto acordado a pie, donde estrechó la mano de su homólogo y rival Moon Jae-in. Como resultado, ambos líderes acordaron poner fin al conflicto en la península coreana, así como negociar con el presidente estadounidense la desnuclearización total de la zona.

Así, casi mes y medio después, Donald Trump y Kim Jong-un arribaban a Singapur dos días antes de la histórica y, hasta la víspera, improbable audiencia, con lugar en el Hotel Capella, en la isla de Sentosa, Singapur. Transcurridas esas 48 horas de espera, el encuentro cara a cara resultó menos traumático de lo que las recíprocas y tirantes declaraciones previas hechas por cada uno sobre el otro parecían vislumbrar: tras estrechar manos amistosamente, Kim Jong-un dijo a Trump con satisfacción: “Encantado de conocerle, señor presidente”.

Luego de las fotos y comentarios de rigor para la prensa, en la que destacaron el carácter histórico de este acercamiento y en denotar epítetos de confianza y hasta de camaradería, Donald Trump y Kim Jong-un sostuvieron una conversación durante solo 48 minutos, acortada, según reflejaron algunos medios, por petición del propio Jong-un, que no pensaba retrasar su ya agendaza salida de Singapur debido a su poca costumbre de viajar fuera de Corea del Norte.

De esa breve conversación, que para muchos analistas no fue más que una extensión de los acuerdos imprecisos alcanzados con el Gobierno de Seúl —imprecisos por la ausencia de fechas concretas, se entiende— surgió el compromiso de adelantar pasos agigantados en la eliminación total de armas nucleares en las dos repúblicas coreanas, así como la sustracción de nuevas amenazas bélicas por parte del Gobierno de Pionyang —sabiendo que en la actualidad tiene la posibilidad de construir entre una y sesenta cabezas de ojivas nucleares—.

A cambio, Kim Jong-un exigió el retiro sin vuelta de hoja del arsenal paraguas de armas nucleares que Corea del Sur, en combinación con el Gobierno estadounidense, mantiene en dirección a sus predios del norte. Asimismo, el presidente Trump prometió “garantías de seguridad” para el Gobierno asentado en Corea de Norte—¿podría entenderse como reconocimiento de este, pese a su carácter violatorio de las libertades individuales?— y de “establecer nuevas relaciones entre las dos naciones hermanas, proyectadas a construir un nuevo futuro”. También solicitó Trump la recuperación de los militares estadounidenses caídos durante la Guerra de Corea entre 1950 y 1953.

Pese a la vaguedad de los acuerdos, que prácticamente carecen de compromisos tangibles en términos de plazos temporales y medidas concretas que deben tomarse, Trump y Jong-un no ahorraron adjetivo para describir el talante exitoso del encuentro, que denominaron “el punto de inicio de un nuevo tiempo”.

La que sí es clara y precisa es la posición firme que deberá adoptar el presidente Trump en caso de que tal acuerdo, indefinido y quimérico como se vislumbra, falle. No en balde, Trump, en una de sus bien conocidas, indiscretas acotaciones, reconoció tener unas trescientas sanciones contra el Gobierno de Pionyang, y dijo de estas: “Son grandes y poderosas, pero desistí de aplicarlas porque me pareció irrespetuoso hacerlo en el contexto de la cumbre”. 

Y aunque dijo no querer hablar de lo que podría ocurrir si Corea del Norte incumple este acuerdo, Trump aseguró: “El presidente Kim tiene ante él una oportunidad como ninguna otra de ser recordado como el líder que construyó una nueva era gloriosa de prosperidad para su pueblo”.